Salimos de la zona de excepción dos lunas atrás y seguíamos sin hallar alimentos. Habíamos terminado la carne seca de dragón y solo quedaban cuatro pitahayas. Rioth y Pamh, famélicos, estaban perdiendo el dominio de sus cuerpos, suspendidos entre la vida y la muerte. El culpable era el comensal, el parásito que estaba a punto de adueñarse de ellos. Pero si el comensal moría de hambre, el huésped moría con él. También Franh y yo necesitábamos comer. Sin provisiones, era imposible volver a la zona de excepción y, llegados a ese punto, debíamos buscar hasta el final.
Resignado, Franh nos lanzó una pitahaya a cada uno y atrapé la mía al vuelo. El aroma dulce del fruto me embriagó y lo atesoré junto a la imagen de la gruesa piel amarilla con forma de grandes escamas. Con las uñas, la abrí por la mitad y me llevé la suculenta pulpa blanca y llena de semillas a la boca.
Al terminarnos las pitahayas, lo vimos. Al norte había una antigua granja con un enorme silo de cereal. Corrimos hacia allí, ilusionados con la posibilidad de salvarnos y de poder cumplir nuestra misión: llevar alimento a la zona de excepción.
Emocionados, avanzábamos sin precaución y los agentes del grano nos pillaron desprevenidos. Oí una detonación y la cabeza de Franh reventó junto a mí y me llenó de fluidos. Su cuerpo siguió corriendo, animado por el comensal, pero nuevos disparos acabaron con él y comprendí lo que estaba pasando. Busqué refugio tras una carreta y Rioth y Pamh me siguieron. Cuando los agentes se acercaron, saltamos sobre ellos antes de que dispararan. Eliminarlos fue sencillo, solo eran siete humanos. Entonces vimos las llamas. Los agentes habían prendido fuego al trigo amontonado bajo el silo, pero quedaban tres sacos a salvo.
Rioth y Pamh se abalanzaron sobre los sacos para engullir el grano a puñados. Traté de detenerlos, pero el comensal había tomado el control. Lo único que pude hacer por ellos fue arrancarles la cabeza y lanzarlas al fuego, junto a sus cuerpos.
Salió otro agente y corrió hacia mí sin dejar de disparar. Esquivé varias balas explosivas, hasta que una acertó y me voló la pierna. Caí, busqué la extremidad para reinjertarla, pero solo quedaban trozos de carne y hueso.
El agente volvió junto a los sacos de cereal y los incendió sin que pudiera evitarlo. Encontré una horca en el suelo, la usé como muleta para levantarme y caminar. El agente había terminado la munición y llegué a él antes de que recargara el arma. Le mordí en el cuello y se derrumbó. Cogí el único saco intacto y lo arrastré hasta la carreta que antes me había protegido y lo cargué. También recogí al nuevo hijo del trigo y emprendí el camino de vuelta a casa.
Cuando el antiguo agente, ahora infectado por el comensal, despertó, rompió a llorar. Aquel era el último reducto de cereal de la zona exterior. Nuestro saco de trigo era el último del mundo.




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