Estoy mejor y no hay duda porque empiezo a preocuparme de cosas más que mundanas, absurdas.
Por ejemplo, anoche, durante la cena, haciendo balance de cómo había ido el día, concluí que el ritmo blog más escritura más trabajo a tiempo completo no es compatible. Caerá algo. No es novedad. Y tendrá que ser el blog, o, al menos, la frecuencia diaria.
Y se ve que me fui a dormir con este pensamiento en mente porque esta madrugada, a eso de las cuatro y media, además de un calor de categoría infernal, me ha despertado mi mente contándome un detalladísimo plan para volver al mundo de la comunicación, más concretamente, de la prensa escrita, y así conseguir que vuelvan a pagarme por escribir y poder prescindir de ese trabajo a tiempo completo que genera la incompatibilidad detectada durante la cena.
Todo genial, sí, salvo porque todavía recuerdo lo que era ser periodista. Lo bueno, que es lo que echo de menos, y lo malo, que fue lo que casi me mató. Y no, mi cuerpo rehecho no está en condiciones de volver al periodismo, dando por hecho, claro, de alguna manera el periodismo quisiera que volviera a él. Al final, las profesiones, son como las parejas. Que la cosa funcione —o no— es depende siempre de las dos partes.
En fin, que con unos mil infernales grados de temperatura ambiental y con los ojos abiertos como platos, mi mente, traidora, ha decidido aprovechar para pensar cómo volver a hacer de esto de escribir una fuente de ingresos. Y, creedme, a tales intempestivas horas la lógica básica no opera y de nada sirve intentar explicarle a la cabeza que ya no existe esa necesidad y que, de hecho, me ha costado horrores deshacerme de ella. Que ahora soy libre para escribir por puro placer.
Por suerte, he podido acceder al mando del aire acondicionado, que mi querido esposo tenía secuestrado como si fuera una maldita bola de dragón, y bajar la temperatura del aparato para ver si, vía oxígeno y fresquito, mi mente se calmaba. De paso, me he levantado y me he bebido un buen vaso de agua fría-casi-helada.
Pero nada, ni con el aire escupiendo escarcha ni con la hidratación he conseguido calmar mi mente, que, sin mi consentimiento, ha comenzado a trazar un nuevo plan dado que, con toda lógica nocturna y desvelada, si desde Poe hasta Bécquer, pasando por tantos otros, lo de ganarse unas perras escribiendo ha sido siempre de lo más normal, por qué no iba a serlo también ahora.
He conseguido abandonar la pantanosa zona de volver al periodismo y he migrado a lugares más seguros, como los boletines, tan de moda ahora, o, sí amigos míos, los blogs, como este en el que ahora escribo —pero no se lo contéis a mi mente nocturna—. Lo primero, claro, me he dicho, más allá de encontrar el medio y la voz, es buscar algo que decir que pueda importar a la gente. Porque mi día a día peleando por escribir no es exactamente lo que se llama contenido viral.
Y me he puesto a pensar. Primero, claro, he pasado por el rollo de la opinión política. Que me apasiona, sí. Pero me tiene harta. Después por algo más de nicho como milenial sobreviviendo al milenio. Pero, a ver, una cohorte generacional no es suficiente para sacar tema con gancho. ¡Ya lo tengo! Me he dicho, cuarentonas sin hijos ni sentimiento de culpa. Pero lo veo más vídeos o quizás para podcast —sí, he ideado toda una maldita serie de podcast antes de comprender que eso no era lo que quería hacer—. Y casi todo lo que se me ocurría a partir de ese punto mejoraba en formato audiovisual.
La ficción, cómo no, ha venido a salvarme de la debacle —o a hundirme más en ella—. ¿Y si rescato el folletín? Si antes se sacaban cuartos con eso… Claro, que luego he recordado que así fue como empecé a escribir Ladrones de Almas, que eso lo que ahora llamo Atiskaya, y acabé en tremendo bloqueo por ser incapaz de defender mi propuesta de fantasía oscura mediterránea sin sonrojarme y con la necesidad de ocultarme debajo de la cama.
Si es que quizás, he concluido, lo mejor es que el blog baje la frecuencia y me centre en la ficción, que es lo que me gusta. ¿Pero qué haré yo sin mi espacio de desahogo? ¿Sin mi sustituto de la terapia? ¿Sin mi amadísima bitácora?
Entre esos terrores me he quedado dormida, hasta que sonado la alarma. Demasiado pronto, demasiado fuerte.
Por suerte, después del café con leche —bendito café— he comprendido que, al final, el blog, como tal, me lleva poco más de media horita, que es pura terapia.
Tal vez, me digo ahora, veinte minutos después de sentarme a escribir, no hará falta que caiga nada. Quizás solo necesite evitar pensar en estos temas de madrugada.




Deja un comentario